viernes, 14 de marzo de 2008

El izquierdismo (voluntarismo) posmoderno



La izquierda está bien jodida.

En los parlamentos, los partidos que clásicamente defendieron la clase trabajadora están hoy al servicio del capital.

En la calle niñatos sin el fundamento teórico de antaño anuncian, repartiendo bochorno, las ventajas de las cebollas cultivadas con amor biológico y libertario. Las manifestaciones hoy son fiestas con banderas llenas de entrañables jovenzuelos, que lucen chapitas de mil y una causas perdidas, y se autoasignan etiquetas de tal o cual ideología, porque lo importante es ser algo. Movimientos de barbudos ya no luchan por sus semejantes, luchan por los gorilas, las cebollas o recomiendan a la humanidad su propia autoextinción por el bien glorioso de los animales, verduras, hongos, bacterias y virus.


ME LLAMO SABINA Y
SOY DEMASIADO COMUNISTA PARA SER ANARQUISTA

Y DEMASIADO ANARQUISTA PARA SER COMUNISTA


¿Cómo hemos llegado hasta este punto? ¿Cómo y cuándo nos han anulado?


Los marxistas, en referencia a la teoría marxista de la historia, concretamos que para acometer una revolución (relación del hombre y su voluntad frente al determinismo histórico) con la inocente intención de derrocar el capitalismo hacía falta la mezcla correcta de dos factores:

- el desarrollo económico

- la voluntad revolucionaria

Al no comprender y sopesar la importancia de una buena mezcla de estos, se crearon dos desviaciones: el economismo y el voluntarismo.


El economismo, espontaneísmo o derechismo resaltaba la importancia de la espera del progreso de los medios de producción, la fe en la espontaneidad de las masas, la pasividad. En pocas palabras los derechistas cogieron la obra marxiana y la vaciaron, a mala fe, de su contenido revolucionario, sus teorías fundamentaron los movimientos socialdemócratas, los partidos socialistas, la segunda internacional, el reformismo y el amarillismo. Esta tradición, evolucionando hasta nuestros días a tesis cada vez más antirrevolucionarias, se materializa actualmente en el PSOE (y, prácticamente, también IU), ya sin posar como marxistas y negando totalmente la revolución y la superación del capitalismo.

El voluntarismo, aventurismo o izquierdismo resaltaban lo inverso, la importancia de la voluntad, el subjetivismo, el confundir los objetivos finales con los pasos intermedios, el dogmatismo, etc. La existencia de este fenómeno se achacaba a una falta de madurez en el movimiento comunista, una buena fe boba, un cóctel entre marxismo, utopismo y romanticismo. Lenin combatió con ahínco las tesis izquierdistas ya que aplicaban una mala estrategia política ayudando, con su infructuosidad amoral y análisis erróneo de la realidad, a una bien organizada y experimentada reacción; las acciones y fracasos izquierdistas llevaban a una único final, el derrotismo. Hoy en día estos movimientos se materializan en los trotskistas o en el comunismo de izquierda (seguidores de Pannekoek, espartaquistas…).


Estas dos desviaciones constituyen la quintacolumna que, inconsciente o conscientemente, han obrado en pro de la evasión de la superación del capitalismo. Por esta íntima relación entre extremos, no es de extrañar que, históricamente, entre las filas del izquierdismo, llegado el derrotismo, hay una fuga masiva hacia posiciones derechistas antirrevolucionarias.


Tras esta, quizás demasiado larga, fundamentación, pasaré a comentar un fenómeno reciente: el izquierdismo posmoderno (concepto Made in Retrasado). El izquierdista posmoderno, debido al influjo de un capitalismo cada vez más complicado, fragmentado, confuso y esquizofrénico (es decir, posmoderno), no es que ningunee las condiciones objetivas económicas que pueden desembocar un cambio político, ¡es que, simplemente, las ignora! El izquierdista posmoderno es ese entrañable rebelde anticapitalista (pro¿?) vestido con una camiseta del feti-Ché, unos pantalones andrajosos, unas Convers, miles de pins y una palestina (u otras demostraciones de alienación varias) que soluciona el mundo mediante esquemas mentales artificiales tomando una cerveza con sus amigos. Al no conocer ni ser capaz de vislumbrar la condiciones y contradicciones propias del capitalismo que hacen cavar a éste su propia tumba, el izquierdista posmoderno entiende que el cambio político depende en su totalidad de su voluntad, la de sus compañeros de barra y la de una población que considera adormecida (y, secretamente, por eso, despreciable). Al no tener ni huevos ni ganas de invertir la cantidad de voluntad que sopesa necesaria, se convierte en un izquierdista de boquilla e inconsecuente, muy lejos de los izquierdistas clásicos que comparados con él se me antojan de oro. En él, se conjura una doble moral: las ganas virtuales de ser un héroe revolucionario, figurándose como el creador de una revolución que nunca será, y las pocas ganas que tiene de abandonar una posición, no pocas veces privilegiada, en un capitalismo que, si lo piensa detenidamente, no está tan mal.

¡El Ché, con unas convers, mejor que nunca!

Todas las características del izquierdismo clásico se agudizan en su barroca posmodernidad: infantilismo, improductividad, mucho ruido y pocas nueces, dogmatismo, un nulo, más que mal, análisis y, sobretodo, un derrotismo chistosamente veloz. Durante el tiempo que pasó en el cual se creía consecuente, hasta la autonegación dialéctica de sus esquemas mentales por los agujeros y múltiples contradicciones de estos, sintió una superioridad moral respecto al pueblo que le valió más que todas las revoluciones habidas y por haber. Está rebeldía hipócrita le duró lo que duró su juventud (o menos) derivando a derrotismo (subjetivamente considerado sensatez), escepticismo y viraje extremo hacia el derechismo antirevolucionario, seguido menos ideológicamente que borreguilmente. Y es que con suerte los izquierdistas posmodernos acabarán como rojetes de salón o progres reformistas con igual paupérrima lógica en su discurso pero que, con inicio canoso, resquicio de arrugas, hombros cansados, mirada desilusionada y amargo tono, les hará parecer maduros.


Dándoles donde duele


El patrón del izquierdista posmodernista se popularizó con el hippismo (menos marxista que romántico y utópico) y se hegemonizó a partir del mayo francés del 68. Dicho movimiento salido de la nada y con potencial revolucionario no menospreciable acabó en una “niñatada” estudiantil y marcando el inicio de la extremización de las dos desviaciones en toda Europa: los diferentes partidos comunistas europeos viraron bruscamente hacia el reformismo y el amarillismo (eurocomunismo) y, pasados los gritos, los abucheos a Sartre y las manifestaciones que son una fiesta, los izquierdistas posmodernos, ya derroticizados, apoyaron a dichos partidos en masa. El patrón se extendió y expandió configurando, en la imaginaria popular, el modelo hegemónico y patrón del “hombre de izquierda”, desplazando al luchador concienciado, estoico y disciplinado de antaño.

Algunas frases célebres de nuestros nuevos referentes revolucionarios:

L'ennui est contre-révolutionnaire

Nous ne voulons pas d'un monde où la certitude de ne pas mourir de faim s'échange contre le risque de mourir d'ennui

Je suis marxiste tendance Groucho

L'imagination au pouvoir


Por tanto, tenemos que, lejos de ser un fenómeno fruto de un movimiento inmaduro, que desaparecería como el acné juvenil, éste se ha extendido configurando descabelladamente el ideal popular de la izquierda.


Manifestación izquierdista posmodernista standard


Con los izquierdistas posmodernos, los disparates se suceden: discursos ridículos sin fundamento alguno, defensa exclusiva, por influencia posmarxista, de luchas perieconómicas (feminismo, pacifismo, preferencias sexuales, cultura, identidad, marihuana, ecologismo, etc.), defensa de causas esperpénticas varias, fusión con misticismo y movimientos idealistas e, incluso, en ocasiones, defensa, debido a su extraviamiento ideológico, de tesis ya no reformistas, sino totalmente reaccionarias (ejemplo: españolismo u otros tipos varios de chovinismo). Y es que el infantil movimiento izquierdista posmoderno no es más que un divertimento, una pose, una hipocresia, un complemento way e “in” de la personalidad ultraindividualista propia del capitalismo; es ficción, es virtual, es parecer (y tener por el amplio merchandising que le rodea), nunca ser. Gran parte del potencial simpatizante, seguidor o militante de izquierdas cae en sus divertidas y banales redes urdidas por el capital y administradas por el contrario del voluntarista contemporáneo, el ultra revisionismo (PSOE y IU). Es la desactivación de la revolución, la rebeldía con chorracausas o causas dignas sin hoja de ruta ni ganas, otro tipo de pereza mental, otra estrategia superestructural de anclaje.


Marx, Trotsky y Zp, con el izquiesta posmoderno, todo es posible


El movimiento de izquierdas se pudrió por dentro, la quintacolumna lo mató y no hay resurgimiento posible si no se lucha sin cuartel contra su ponzoña.


Hoy en día, sobretodo los camaradas más jóvenes, para ser escuchados seriamente, primero tienen que hacer no pocos esfuerzos para romper un jocoso cerco prejuicioso que les encorseta como niñatos izquierdistas achacados de una enfermedad infantil que acabará felizmente en un razonable apoliticismo. El camarada tiene que gastar horas y horas de discursos bien construidos, racionales y pasionales, y, si consigue que no le consideren anacrónico, las risitas y los laconismos dejarán paso al respeto o al miedo.


Por ese esfuerzo extra que días y días he tenido que hacer, por todo el daño que han hecho en general al verdadero movimiento de izquierda, el movimiento izquierdista posmoderno me merece todo mi odio intelectual.


Y, de la reacción, se merecen un aplauso.